25 noviembre 2007


David Koresh y su grupo de rock llamado Messiah eran habituales de los escenarios de la ciudad Waco, en Texas. Él era el guitarrista, pero aprovechaba sus conciertos para captar adeptos para otra causa: el culto de los davidianos, secta de la cual era líder. Al responsable del sello Lone Star Music le llegó un buen día una maqueta de aquel grupo titulada "Madman In Waco" (Hombre loco en Waco). No firmó el contrato e hizo bien en no tener más contacto con aquel chiflado. El nombre de Waco, de David Koresh y el de un rancho próximo, llamado por sus ocupantes Monte Carmelo, pasaron del más absoluto incógnito a ser noticia en todo el mundo con motivo del asedio y posterior destrucción de sus paredes, entre las que se encontraban David Koresh y sus seguidores, los davidianos. En vísperas de la tragedia, Koresh había reunido junto a él a numerosos adultos pero también a un buen número de niños, y con unos y otros, se dispuso a convertir en un fortín inexpugnable el rancho Monte Carmelo.


El primer encontronazo tuvo lugar el 28 de febrero de 1993, cuando las autoridades, tardíamente preocupadas por el cariz que tomaba la secta, decidieron pasar a la acción, acusando a los davidianos de tenencia masiva de armas y de abusos sexuales a los niños que mantenían a su lado. Recibidos a tiros, los agentes contestaron de igual manera, produciéndose entonces un primer balance de cuatro agentes muertos y una decena de sectarios abatidos. La cuenta atrás empezaría a ponerse en marcha desde aquel día premonitorio. Las túnicas anaranjadas que vestían sus seguidores serían, durante los siguientes 51 días, blancos perfectos para los prismáticos de los que los cercaban, y también, para efectuar los primeros disparos, que al final acabarían siendo continuos, y que eran respondidos por los asediados utilizando el arsenal que guardaban entre aquellas paredes. Durante esos largos días, murieron miembros de los federales y también de los davidianos.


De vez en cuando se conseguía un alto el fuego para una nueva mediación que diera lugar a una salida airosa al conflicto, sin resultado alguno. Los agentes federales no sólo utilizaron armas mortíferas reales sino que también recurrieron a una guerra sucia. Para ello no dudaron en, por ejemplo, cortarles la luz, el agua y la llegada de alimentos, al tiempo que, llegada la noche, potentes reflectores barrían las ventanas del rancho, para impedir el más mínimo descanso de los sitiados. Como guinda de aquella batalla terrible, potentes altavoces difundían música rockera a todo volumen. Pero junto a esta parafernalia psicodélica y enloquecedora, algo se echaba de menos. Algo, teóricamente, muy importante: la presencia allí de bomberos y ambulancias, necesarios siempre en una situación a punto de estallar. Unos y otras eran invisibles incluso en los tensos momentos que precedieron al final. Dicho final tuvo lugar el día 19 de abril cuando, a las 5,30 horas, los tanques del FBI decidieron atacar definitivamente.


Cuando los agentes lograron abrirse camino por entre las llamas que ya consumían el edificio del rancho, ante su vista aparecieron confundidos y mezclados los cuerpos carbonizados de la mayoría de los seguidores de Koresh, incluido este mismo, que presentaba un solo disparo en la frente. El balance final de muertos dentro de Monte Carmelo fue de 69 adultos y 17 menores, todos calcinados. La versión oficial de la policía hablaría de que fueron los mismos davidianos los que provocaron el incendio en un aquelarre de suicidio colectivo. Otras fuentes se refirieron, por el contrario, a que los tanques federales habrían provocado la inflamación del queroseno y, a su vez, habrían trasladado las llamas al interior del rancho. De cualquier forma, la tragedia había finalizado y David Koresh sería ya, en el futuro, un nombre de referencia macabro y maldito.

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