25 marzo 2015


El 31 de octubre 1978, después de un majestuoso concierto de Queen en el Civic Auditorium de Nueva Orleáns, Freddie Mercury ofreció la fiesta más excesiva de la historia del rock en el elegante Fairmont Hotel. Cerca de 500 privilegiados invitados, entre los que había estrellas del rock y del cine, periodistas y amigos de la banda, fueron agasajados con todo tipo de exquisitas viandas. La animación corrió a cargo de la gente más estrafalaria que el publicista Bob Gibson pudo encontrar en los clubs alternativos de la ciudad, como un hombre especialista en decapitar pollos vivos a mordiscos o una mujer que ofrecía a los asistentes decapitarse a sí misma con una motosierra por el "módico" precio de 100.000 dólares. Según cuenta la leyenda, los invitados fueron recibidos a la entrada por una troupe de enanos hermafroditas que servían cocaína en bandejas de plata atadas a sus cabezas, una cocaína de una calidad excepcional importada desde Bolivia especialmente para la ocasión y preparada en rayas tan gruesas como el brazo de una mujer. Por los salones de la fiesta pululaban camareros desnudos ofreciendo ostras y caviar, magos haciendo increíbles trucos, guerreros zulúes bailando danzas tradicionales, encantadores de serpientes, contorsionistas, traga fuegos, drag queens, strippers transexuales, mujeres obesas en tanga y otras fumando cigarrillos por la vagina, mientras modelos de ambos sexos, también desnudos, luchaban en enormes bañeras llenas de brillante hígado crudo. Como extra adicional, los invitados también fueron atendidos oralmente en los baños por profesionales del sexo. "La mayoría de los hoteles ofrecen servicio de habitaciones a los huéspedes. Éste les ofrece servicio de labios”, se le oyó decir a Freddie Mercury aquella noche a sus invitados.

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