01 noviembre 2007


El 5 de mayo de 1993, James Moore, Steven Branch y Christopher Byers, tres amigos de ocho años, desaparecieron en West Memphis, Arkansas, EEUU. Iban en bicicleta cuando la madre de uno de ellos les vio por última vez con vida a las 6 de la tarde. Dos horas después el padre adoptivo de Christopher Byers denunció su desaparición y empezó a buscar a los menores acompañado por su esposa, su hijo Ryan y la madre de James Moore. Sobre las 10.30 horas se unieron al rastreo efectivos policiales. Estuvieron buscando hasta las dos de la madrugada y retomaron la actividad a las 8 de la mañana. La búsqueda había comenzado en la colina de Robin Hood, lugar en el que finalmente aparecieron los tres cadáveres el 6 de mayo. Los cuerpos de los tres niños estaban desnudos, con los tobillos atados a las muñecas por los cordones de sus zapatos. Les habían sumergido en unas zanjas de drenaje cercanas a un arroyo y presentaban golpes en la cabeza, el torso y las piernas. A Christopher Byers, además, le habían cortado el pene, el escroto y los testículos. Él era el único que presentaba heridas defensivas.


La ropa y las bicicletas aparecieron también sumergidas en otra zanja. Sólo desaparecieron los calzoncillos de dos de los niños. No había rastros de sangre, ni se encontraron armas. Los agentes retiraron los cuerpos del lugar en el que fueron encontrados antes de la llegada del forense que, sin tomar la temperatura de los cuerpos, estableció que habían fallecido después del amanecer del 6 de mayo. Los cadáveres estaban lívidos y presentaban rigor mortis. Aunque el dueño de un bar cercano a la colina denunció el 5 de mayo que un hombre negro cubierto de sangre y lodo había estado una hora encerrado en el aseo de mujeres de su establecimiento, y aunque posteriormente se encontrara un pelo de una persona de raza negra en la ropa de una de las víctimas, la policía no llegó a investigar esta pista porque ya tenían a sus principales sospechosos identificados. Uno de los investigadores llegó inmediatamente a la conclusión de que se trataba de un caso de criminales satánicos y tras una verdadera caza de brujas fueron detenidos tres jóvenes fans del grupo Metallica que fueron juzgados y condenados por el brutal asesinato.


Jessie Misskelley, de 17 años, fue condenado a cadena perpetua con la posibilidad de alcanzar la condicional, tras un mínimo de cuarenta años de confinamiento, por un delito de asesinato en primer grado y dos en segundo grado. Tres meses después, condenaron a Jason Baldwin, de 16 años, a cadena perpetua sin posibilidad de lograr la libertad condicional y a Damien Echols, de 18 años, a pena de muerte por tres delitos de asesinato en primer grado. El juez consideró que Damian era el jefe del grupo satánico que había orquestado los asesinatos. La única motivación que empujó a una condena sobre estos tres jóvenes, era su afición al heavy metal y a las novelas de terror. "Vestían raro, siempre de negro", dijo un testigo de la acusación en la sala durante el juicio. Otro dejó claro porque eran culpables: "Escuchan música satánica, heavy metal y son muy raros". En el 2007 estos tres jovenes volvieron a ser noticia porque su caso se reabrió tras años de estancia en prisión. Muchos músicos famosos y el propio Stephen King (en el juicio se dijo como prueba que leían libros suyos) recaudaron dinero y apoyaron la causa de estos tres infortunados aficionados al heavy metal. La lista de personajes públicos que durante estos años les han apoyado es muy extensa, desde bandas como Pear Jam, actrices de la talla de Winona Ryder, el premio Pulitzer Jessie Ofshe.


Precisamente, Jessie Ofshe, participó directamente en el caso, demostrando que la confesión "somos satánicos", de uno de los condenados a cadena perpetua (discapacitado psíquico y adicto a las drogas) fue hecha bajo coacciones. También se presentaron pruebas de ADN que demostraban que ninguno de los tres condenados estuvo en el lugar del crimen, y los testimonios de numerosos testigos que reconocieron haber mentido por lograr la recompensa de 30.000 dólares que se ofreció tras el brutal crimen. Las pruebas de ADN hechas con lo recaudado en conciertos y donaciones por parte de la defensa, demostraban también que había restos biológicos de dos personas, que correspondía al padrastro de una de las víctimas y de otra persona desconocida, pero de ninguno de los condenados. Incluso, en el dossier presentado también se descartaba que las víctimas fueran violadas, como se sostuvo en el juicio, y las mutilaciones, según expertos forenses de Nueva York consultados, fueron producidas por animales la noche que los cadáveres estuvieron a la intemperie y no por un ritual satánico. En agosto del 2011, tras pasar 18 años y 78 días en la cárcel, Jessie Misskelley, Jason Baldwin y Damien Echols por fin fueron puestos en libertad.


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