12 marzo 2009


Utilizar vasos llenos de diferentes cantidades de agua para hacer música al golpearlos con una varilla era una técnica empleada antiguamente por los persas, los chinos, los japoneses y los árabes, pero dicha técnica cambió radicalmente en 1743, cuando el irlandés Richard Puckeridge tuvo la brillante idea de poner los vasos de pie en una tabla y de acariciar sus bordes con los dedos húmedos, lo que produjo un curioso sonido, tenue y cristalino. A este nuevo instrumento lo llamó "la armónica de cristal". La armónica causó reacciones muy apasionadas y encontradas, mientras algunos elogiaban el nuevo instrumento musical, otros se apresuraron a decir que era un instrumento maldito que causaba "locura, depresión, problemas conyugales y partos prematuros", e incluso llegó a ser prohibido en algunos lugares. El musicólogo alemán Friedrich Rochlitz escribía en el periódico musical Allgemeine Musikalische Zeitung que "la armónica estimula en exceso los nervios y sumerge al músico en una acuciante depresión y, por lo tanto, en un oscuro y melancólico humor que acaba llevándolo a una lenta auto-destrucción". Un diccionario de instrumentos de la época mencionaba que los sonidos producidos por la armónica eran de una suavidad casi celestial, pero que podían causar espasmos. En 1803, en el Tratado de los efectos de la Música sobre el cuerpo humano se afirmaba que "su timbre melancólico nos hunde en el abatimiento, hasta tal punto que incluso el más fuerte de los hombres no podría oírlo durante una hora sin desmayarse". En el Método para el autoaprendizaje de la armónica, publicado en 1788, por Johann Christian Müller, se decía: "Es verdad que la armónica tiene extraños efectos en la gente. Si se siente irritado o preocupado por malas noticias, por amigos o incluso por un desengaño con una señorita, absténgase de tocar, ya que sólo incrementaría su trastorno". Y todo aquello era verdad, algunos intérpretes de este instrumento acabaron sus vidas en sanatorios mentales, como Marianne Davies. En la actualidad se sabe que estos posibles efectos secundarios se debían a la cantidad de plomo que contenía el cuarzo con el que se fabricaban los vasos y no por los efectos directos de su sonido.


Fuente: Thomas Bloch
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