02 agosto 2007

La triste agonía de Freddie Mercury


Muy poco se sabe de las últimas horas de Freddie Mercury. Su padecimiento fue celosamente mantenido en secreto durante años. Solamente algunos de sus amigos más cercanos, sus amistades y su novio Jim Hutton, estuvieron con la estrella de Queen en estos momentos tan difíciles para ellos. Severos dolores aquejaban día tras día a Freddie Mercury. Hutton comentaría que la última vez que Mercury estuvo consiente fue el viernes 21 de noviembre de 1991. Cuando regreso a Garden Lodge (suntuosa y extravagante mansión londinense que Freddie amaba), Jim lo subió a ver. El peluquero y jardinero de profesión se recostó al lado del cantante, quien dijo con un suspiro: "pronto todo el mundo lo sabrá". Se refería a la carta donde anunciaba oficialmente que estaba enfermo de Sida y que sería entregada a la prensa internacional a la media noche. Mercury lo hizo así porque no quería que la prensa sensacionalista británica tuviera la exclusiva. Fue una especie de venganza después de que los tabloides especularan durante meses sobre su condición. A las 10 de la noche se agitó terriblemente, pedía sus medicinas a gritos: cuatro píldoras analgésicas (el tratamiento con AZT y otros medicamentos los había abandonados semanas antes). Hutton y Mercury se quedaron dormidos, abrazados. En la madrugada del domingo 24 de noviembre, Mercury despertó a su pareja para que le llevara algo de fruta. Le preparó rebanadas de mango y un vaso con zumo para combatir la deshidratación crónica que sufría su famoso consorte. El líder de Queen comió la fruta y Jim volvió a dormir. Unos minutos después de las 3 de la mañana, Freddie despertó a golpes a Hutton. Abría la boca desesperado, señalando su garganta y su rostro reflejaba pánico. Su acompañante no sabía qué hacer. Pasaron más de 30 minutos, hasta que llegó otro asistente de Freddie, llamado Joe.


Ambos trataron de calmarlo, hasta que Joe reviso la garganta y encontró que se le había atascado un pedazo de mango, pero Mercury estaba tan débil que no podía tragarlo ni escupirlo. Poco después volvió a dormir. A las seis de la mañana, Freddie pronunciaría sus últimas palabras: "Pipí, pipí." Joe y Jim lo llevaron al baño cargando, pues no podía tenerse en pie. Cuando lo regresaron a la cama, se escuchó el espantoso crujido de un hueso rompiéndose. Mercury aulló de dolor y comenzó a convulsionarse. Trataron de calmarlo, pero fue inútil. Llamaron al médico Gordon Atkinson, quien le recetó una inyección de morfina, aunque era alérgico a ella. Atkinson comentó que el paciente moriría el martes. Mary, la apoderada legal y confidente de Freddie, pasó a verlo por la mañana. Elton John fue a visitarlo unos momentos. Poco después llegaría otro de sus grandes amigos, Dave Clark. Freddie estaba peor que nunca. No respondía a ningún estímulo externo. Sus ojos estaban opacos. Clark le tomó la mano para que acariciara a Delilah, la gata inmortalizada en la canción del mismo nombre del disco Innuendo. Mercury hizo evidente que quería ir al baño, sin embargo, se lo hizo en la cama. Hutton les pidió a todos que salieran porque le iba a poner camiseta y calzoncillo limpios. Mientras le ponía los calzoncillos, Freddie quiso ayudar, subiendo su pierna izquierda. Hutton comenta que al sentir que la pierna perdía fuerza, supo que una de las grandes leyendas del rock mundial había muerto. Jim tomó a Freddie, su amante durante siete años, y lo cubrió de besos. Dijo que lo veía radiante, como si al final todo lo malo hubiera desaparecido, volviendo a ser aquel que estremeció al mundo con su arte, encanto y voz.

Fuente: "Mercury and me", de Jim Hutton y Tim Wapshott



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