10 junio 2008

En su paso por Granada, Joe Strummer quiso buscar la tumba de Federico García Lorca en compañía del periodista Jesús Arias, quien años después recordó aquellos días con nostalgia: "Joe Strummer era un tío generoso. Casi nunca llevaba dinero encima pero, en cuanto lo tenía, podía gastarlo en lo que fuera, hacerte un favor o, si se encontraba con un colgado por la calle que le caía bien, darle todo el dinero que llevaba en los bolsillos o ir al banco a sacar para dárselo. Recuerdo una anécdota curiosa. Cuando él llegó a Granada por primera vez, traía una magnífica gorra de cuero con la inscripción 'Out of control'. A mí me encantaba aquella gorra, pero me daba corte hacerle algún comentario a Joe al respecto. Unos meses después, mientras grababa con '091', volvió de Madrid y, mientras charlábamos, casualmente, le pregunté por la gorra. '¿La vieja gorra de 'Out of control'?', me preguntó. 'Sí, ésa', dije yo. 'Se la regalé a un tío en el metro de Madrid. Me dijo: 'Hola, tío, me gusta esa gorra que llevas'. Y se la regalé'. Sobran los comentarios de cuántas veces le dije: 'You, fucking bastard, you, fucking bastard' a Joe el resto del día. Pero, esencialmente, era así. Yo tuve durante meses un pedal de eco Boss suyo que se acababa de comprar en una tienda y que le pedí que me lo dejara para echarle un vistazo. '¿Quieres probarlo?', me dijo. 'Si me lo dejas...'. 'Llévatelo, ya me lo das cualquier día'. Seis meses después, le tuve que recordar que yo seguía teniendo su pedal de eco. '¿Es bueno?', me preguntó. 'Sí, muy bueno. He grabado muchas cosas con él'. 'Si quieres, quédatelo'. Fui honrado y se lo devolví. Pero, si no lo hubiera hecho, él jamás lo habría pedido. Uno de aquellos días, Strummer cometió una locura. Llamó a Santiago Auserón, del grupo Radio Futura, le pidió prestadas 150.000 pesetas y se fue a una tienda de venta de coches de segunda mano que había visto en Madrid y que lo había dejado absolutamente conmocionado: había visto allí un coche magnífico, imponente, sublime, curioso y extraordinario: un Dodge-Dart gris metalizado con el techo negro.


'Su Spanish-American car', como él lo bautizó. Alucinaba con aquel coche y se lo compró. Luego me llamó por teléfono desde Madrid. 'Jesús, espérame en La Cúpula a las seis de la tarde. Tengo una sorpresa que quiero enseñarte', me dijo en inglés. 'Vale', le respondí yo. Estaba intrigado, pero Joe solía comportarse así. Podía tirarse semanas sin llamarte, sin dar señales de vida y, de pronto, aparecer por tu casa y quedarse tres días allí, de modo que no me extrañó. A las seis en punto de la tarde yo estaba esperándolo en La Cúpula. A esa hora, el pub estaba cerrado y yo aguardaba en la puerta cuando vi girar un enorme coche plateado que hacía sonar el claxon. Era Joe. Radiante y feliz como un chaval. Salió del coche: '¡Mira! ¡Mira lo que ha comprado!', dijo en su español clásico. '¡Bonito! ¡De primera clase! ¡My Spanish-American car! ¡Sube! ¡Rápido!'. Me monté en el coche. Joe estaba totalmente borracho de alegría. Me explicó para qué servía cada botón, acariciaba el parabrisas, se asomaba a la ventanilla cuando parábamos en un semáforo y le decía a los pasajeros de cualquier coche que se hubiera parado a nuestro lado: 'Bonito, ¿eh? Bonito gran coche. ¡Y es mío!'. Semáforo en rojo, y Joe sacando la cabeza por la ventanilla para que la gente admirara el Dodge-Dart. Así estuvimos dando vueltas por toda la ciudad como una hora, probando el coche hasta que Joe me pidió un cigarrillo, se lo encendió, se puso serio y me dijo: 'Let's go to Víznar, show me the way to go there'. Entre los pueblos de Víznar y Alfacar, a 8 kilómetros de Granada, fusilaron a Federico García Lorca. Su tumba nunca fue descubierta y él permanece como un fusilado anónimo más. Yo ya le había contado esa historia a Joe Strummer y él ahora quería visitar el sitio. Llegamos a Víznar cuando se estaba poniendo el sol. El paisaje, desde allí, es sencillamente esplendoroso. Al entrar en el pueblo, Joe detuvo el coche en la plaza mayor y me suelta que vayamos a una ferretería, que tenemos que comprar palas para buscar la tumba de García Lorca y desenterrarlo.


Estaba convencido de que iba a encontrarlo. Traté de explicarle que era absolutamente imposible: que son kilómetros, kilómetros y kilómetros cuadrados de monte, que ya ni siquiera existían montículos que indicaran sobre posibles enterramientos durante la guerra civil, que muchas zonas estaban repobladas de pinos. Joe seguía en las suyas. Finalmente, le dije: 'Mira, vamos a hacer una cosa. Visitamos primero el sitio. Te enseño todos los posibles lugares en los que podría estar enterrado y si ves alguno que te despierte una corazonada, volvemos al pueblo, compramos las palas, y vamos allí'. Se mostró de acuerdo. Le conduje hasta el paraje en el que se sospecha que Lorca fue fusilado. Hoy hay un parque que lleva el nombre de Lorca, pero entonces todo era un inmenso descampado de terruño y de monte, con sólo algunos olivos. Debajo de alguno de ellos, nunca se sabrá, están Lorca y muchos más. Le dije a Joe que parara el coche y bajamos. Joe empezó a caminar. Yo lo esperé al lado del coche. Le dejé pasear. Se encendió un cigarrillo y lo vi alejándose poco a poco, ladeando la cuneta, observando la puesta de sol, escuchando el silencio. Cuando estaba como a unos cincuenta metros de mí, se volvió. 'Ven', me dijo. Cuando llegué a su lado estaba llorando. Le pregunté que qué le pasaba y me contestó que podía oírlo, y yo le inquirí el qué, y me dijo: 'Puedo escuchar él grito de los muertos, aquí tengo la sensación que ha pasado algo terrible, y extraña la quietud que hay en el sitio, la puesta de sol, lo bonito que es esto, y la tragedia que se nota que ocurrió aquí'.


Nos quedamos callados bastante tiempo, mirando la puesta de sol, escuchando el silencio. Luego Joe apagó su cigarrillo, se sacó una china de chocolate y se puso a liar un porro. "Hace muchos, muchísimos años, le prometí a Federico García Lorca que me fumaría un porro delante de su tumba, en su honor", dijo en inglés. Y luego, en español: 'Federico, va por usted, maestro'. Se encendió el porro, cruzó la carretera y se fue hacia unos olivos: 'Es aquí ¿verdad?', me preguntó en español, refiriéndose a los olivos que cita Ian Gibson en sus libros sobre la muerte de Lorca. Le dije que sí. Se sentó, me ofreció el porro, yo no fumé, prefería el tabaco, y me dijo en inglés: 'Prométeme que algún día volveremos por aquí. Traeremos guitarras acústicas. Compondremos una canción llamada 'Lorca' que hablará de esta tarde, de este silencio, de esta puesta de sol, del grito de los muertos, de este olivo. De ahora mismo. Tú escribe la música y yo escribiré la letra. No quiero que esta tarde se me olvide'. Luego, al cabo de un rato en silencio, dijo: 'Well, it's time to come back to Madrid and work hard'. Durante los años siguientes, cuando nos llamábamos, cuando nos veíamos, Joe y yo hablábamos de 'Lorca', la canción. Yo, con los años, fui componiendo una canción muy al estilo Clash, para que él la cantara y le pusiera texto. Él siempre me preguntaba que cómo iba nuestra canción. Yo le decía que ya tenía la música, pero que necesitaba que él le pusiera el estribillo. Años después, quisimos hacer dos canciones juntos, 'Lorca' y 'Tranceblues'. Él nunca llegó a enseñarme sus letras o si había escrito algo. Pero siempre me preguntaba por la música que yo había hecho. Le enseñé una idea en 1992, y a él le gustó. Pero esa ya es otra historia".

Fuente: Texto de Jesús Arias
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