

El Día de la Independencia había encontrado una vaca muerta en la reserva india que habíamos visitado, y hurgué en el cadáver con un palo, aunque todo el mundo me había advertido que me mantuviera alejado de ella. Así que los doctores del hospital estaban convencidos de que había cogido la fiebre tifoidea de la vaca y me metieron en la sala de aislamiento para enfermedades infecciosas. Pasaron dos días más, y el número de glóbulos blancos en mi sangre se disparó y perdí mucho peso. Casi 10 días después de enfermar, decidieron abrir mi abdomen y mirar dentro. Mis intestinos estaban llenos de peritonitis. Trataron de mover los intestinos a un lado para encontrar el apéndice, pero mis tripas estaban demasiado infectadas y no lo suficientemente sólidas al tacto. Mi apéndice había estallado una semana antes y ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto, sencillamente me estaba pudriendo por dentro. Me pusieron unos tubos de drenaje, me cosieron de nuevo y le dijeron a mis padres que me iba a morir. Mi padre no podía creer lo que estaba sucediendo y terminó pensando que aquello debía ser como una especie de juicio divino, al más puro estilo de Abraham. Los médicos me bombeaban constantemente morfina y, aunque estaba en un mundo de sueño profundo, constantemente tenía alucinaciones. Llegué a pesar menos de 35 kilos y ni tan siquiera tenía ganas de masturbarme. La recuperación fue larga y tediosa. Pasé un año y medio en la cama viendo la televisión, y eso me provocó una deformidad en la columna vertebral que me obliga a andar encorvado desde entonces. ¡Terminé pareciendo el maldito jorobado de Notre Dame! No puedo ofrecer ninguna explicación de por qué logré sobrevivir, salvo que aquello fue un milagro".























